Banderines rojos y verdes flameaban de las sogas que cruzaban de lado a lado la plaza. En el centro, el gran árbol. Los tablones se habían dispuesto en una de las calles adyacentes, junto con las sillas para la cena. El grupo de músicos alistaba el escenario y los más chicos aturdían con petardos estruendosos. Adentro, los preparativos para la Nochebuena: fuentes apiñadas en las mesas y los panes que se cocían en los hornos, a pesar del calor sofocante de diciembre.
Maya había esperado ese día: a medianoche el árbol cuidadosamente decorado, se encendería para regalar un espectáculo de brillos multicolores. La noticia se había desparramado por todo el barrio y se esperaba más gente de la prevista. Nadie se perdería la Navidad en la plaza.
La velada se había planeado con esfuerzo; el gimnasio fue el lugar de encuentro donde cada vecino llevó una borla, muérdago o guirnalda. En la soledad de su vejez, Maya se había entusiasmado con el festejo caminando sus cuadras hasta el gimnasio para donar un juego de campanas y las piezas desteñidas de un pesebre.
Diez minutos antes de la medianoche, todos escoltaban el pino gigantesco. Cuenta regresiva! Se escuchó:
Diez, nueve…
Maya, primera entre los espectadores…
Ocho, siete…
se sintió niña…
Seis, cinco…
Se adelantó unos pasos…
Cuatro..
Tres..
Dos…
De repente, como si negras persianas cerraran los ojos de los presentes, el barrio se quedó sin luz. Entonces, resonaron una y otra vez las misma preguntas: “¡Pero qué pasó!”,” ¿cómo puede ser?”
Meses de organización y ahora todo era desencanto.
Sin embargo, ocurrió algo que todos recordarían: escoltada por un grupo de estrellas asomó la luna; sus brazos, lánguidos y chispeantes, descendieron hasta los pies de Maya y lo inundaron todo, como un cántaro volcado de leche.
D.F.
Dani Hermoso cuento, como siempresigue subiendolos al blog.un abrazo,R.H
Rodolfo, tanto tiempo, gracias. Le deseo una muy Feliz Navidad! Un abrazo!
Dani.