El abuelo de Elena todas las semanas la visita, y ella lo espera. De tan viejo, Ramón se hizo petiso y jorobado, además tiene dientes postizos, tres pelos en la cabeza y un montón de arrugas.
Aunque Elena es muy curiosa y siempre lo mira de arriba a abajo, hay algo que le llama la atención más que cualquier otra cosa: sus enormes manos. Como dos paletas de ping pong, las manos de Ramón tienen los nudillos gordos y huesudos, tan gordos y huesudos que casi le traspasan la piel. A Elena esto no le importa, porque cuando le hace una caricia, a ella le parece que son dos.
Desde la otra punta de la ciudad, Ramón espera ansioso el domingo para ir a visitarla.
-¡Elena! Mirá quien vino, le grita su mamá desde la puerta (bien fuerte como para que escuche desde la habitación).
-¿Quién vino?, pregunta, (pero no aguanta) y sola se contesta: -¡El abuelo Ramón!
Al verlo, el corazón se le inquieta y corre a abrazarlo buscando sus manos que están detrás de la cintura, como escondiendo un regalo. Elena le abre los puños a la fuerza y él se ríe.
- Hoy los tengo en el bolsillo, le dice, mostrándole las manos vacías; al momento saca del pantalón la bolsa de caramelos.
Elena sabe que su abuelo está viejo, así que apenas agarra los dulces, le acerca el sillón mullido con almohadón de pluma, para que se siente.
- Abu, después de comer me leés un cuento?
- ¿Qué cuento?
- Ese que me regalaste, el del burro peludo y suave.
- Platero…
-Sí, Platero, sonríe conforme.
Ramón nunca pudo decirle que “no”, la lengua se le frunce empacada cada vez que lo intenta. Así es que al terminar el almuerzo partieron a la Plaza de los Naranjos con libro en mano.
-Ese banco! se apresura a elegir Elena.
-Bueno, ¿dónde habíamos quedado la última vez?
- En la parte del aljibe, contesta, acomodándose.
“Míralo, está lleno de las últimas lluvias, Platero… Tú no has bajado nunca al aljibe… Yo sí, bajé cuando lo vaciaron hace años…”
Elena lo mira leer y se concentra en sus movimientos, en su boca que parece de goma, en sus cejas que se arquean y también en el sonido de su voz que le hace imaginar el aljibe y el agua fresca que habrá bebido Platero. Al instante ya piensa en otra cosa.
“Es viejo mi abuelo, ¿habrá sido chico como yo alguna vez?”, se pregunta. “Su pelo, que es blanco y poco, ¿habrá sido negro y mucho? Qué raras son sus manos”, se extraña mientras se mira las suyas y compara, “y qué grandes”, se sorprende. Ramón sigue leyendo, aunque sabe que Elena está en la estratósfera.
“¿Habrá tenido la piel lisa, sin arrugas ni pecas?”. En eso un pelotazo la saca de sus pensamientos. Sus vecinos jugaban al fútbol más allá, en la canchita. Ramón interrumpe la lectura y presumiendo de su pasado de jugador devuelve el balón de un puntazo.
- Bueno Elena, me parece que estás en cualquier cosa, mejor nos volvemos…
Ella refunfuña, pero sabe que está cansado y le hace caso.
Hacia el oeste el sol se afloja, parece que pende de un hilito que ya se corta.
-¿Qué tienen mis manos que las mirabas tanto?
- No, nada, (se pone colorada). Ramón sonríe y le revuelve el pelo con un mimo gigantesco. Ella suelta una carcajada y piensa en lo grandes y tibias que se sienten las manos del abuelo.
D.F.
Dani siempre tan tiernos us relatos que me emocionansigue subiendo otros como para contrarestar los mios tan prosàicos un abrazo.rodolfo
Gracias Rodolfo! Ramón se llamaba mi abuelo Frontera, un abuelazo que nos llevaba a tomar chocolate con churros, extraño a todos mis abuelos! un abrazoo