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 (Sobre el tango María)(A.Trilo y C.Castillo)

Debo aclararte que no pasearé por ningún lado mis senderos de infortunio, porque gracias a tu imbecilidad he conseguido un industrial metalúrgico que me llena de mimos y regalos.

Deja también de soñar que en las sombras de tu pieza es mi paso el que regresa, porque insisto, por si no lo has entendido todavía: “YA NO HAY NADA ENTRE LOS DOS” y punto. Melancólico pobre. Ahora soy yo la que tiene lástima  de vos y no quisiera verte ni en sueños, en el lujo de la pieza  de mi nueva casa del Country en  la ruta 20,  antes de llagar  a Carlos Paz ,

Hasta siempre infeliz. Que Dios te ayude. De más está aclararte, que al sombrerito pobre y al tapado marrón, ya los tiré al  tacho de residuos.

  (Realismo Demasiado Mágico)

Cierta vez crucé el bosquecillo cerca de mi pueblo al pie de los Apalaches, para acortar camino y llegar a tiempo a la misa de 20 hs. Un inmenso oso pardo se paró en dos patas, apoyó las delanteras sobre mis hombros y mirando fijamente mis ojos, me dijo:”Tanto pedí a Dios me consiguiera lo antes posible comida después de mi sueño invernal en la cueva y justo apareces tu para satisfacer mis necesidades”. Al sentir una amenaza a mi integridad, farfullé: ·”Te estás equivocando, los salmones son más sabrosos y vienen cansados remontando el rio para desovar en temporada, si los esperas quieto en una piedra podrás cazarlos sin tanto esfuerzo”. Conmigo, tendrás que primero sacarme la ropa para que mi camisa y campera de nylon no afecten tu digestión

El oso entornando los ojos me respondió: ¿y si mientras te saco la ropa, tú te me escapas? Le repuse inmediatamente, ¿”cómo crees que iré a la capilla y asistir a misa sin ropas”? Cuando pude zafar, intenté correr en forma desesperada, El oso levantando una garra, me arrancó la campera de un solo golpe, luego con la otra  el pantalón sin que me diera cuenta, en seguida me dijo:”vete a misa que llegaràs tarde por mi culpa y no quiero que Dios me complique la caza de salmones. Inmediatamente inicié mi carrera desesperada a la capilla, donde ingresé casi sin aliento. El párroco al verme sin ropas, me increpó: ¿Cómo es que Ud. se atreve a venir a   la casa de Dios,  completamente desnudo? Toda la iglesia se dio vuelta para observar mi desnudez, una mujer de la primera fila, santiguándose me gritó: “Depravado Ud. debe ser el exhibicionista que se les aparece a las  ayudantes de la parroquia. Respondí inmediatamente:”soy solo un feligrés que quiso llegar temprano a la misa vespertina, otra señora muy paqueta, tapándose los ojos  con su abanico, en media lengua me espetò:”¿”por eso no tuvo tiempo de vestirse”?,me vi en la obligación de responde:”se me hace muy difícil explicarlo para que me crean”. Me acercaron una pañoleta para  cubrir mis partes pudendas…. Luego dos  musculosos del fondo, me levantaron en vilo y encerraron en el confesionario  cerrando la cortina con violencia. Desde el mi encierro, le reproché al párroco:”¡¡¡Ud. usa matones como un líder sindicalista”¡¡¡. El curita se acercó, abriò la tapadera y me tiró una bofetada, a la vez que decía:”si sigue agrediéndonos, El Señor con seguridad, buscará la forma en que un oso pardo lo utilice como cena…Desde esa fecha, he decidido no ir más a misa vespertina  y concurro al atardecer,  a colaborar con la bestia, en la captura de salmones, jamás mi amigo, dejó de proveerme   alimento   para mi cena. En casa, mi señora nunca me preguntó ¿cómo consigo todos los días pescado fresco?. A veces se cavilar: “¿creerá mi mujer la historia con el oso?”. Porque  es agnóstica y siempre reprochó que concurría a la iglesia por una minita , que frecuentaba la capilla.

Creo que el próximo invierno, me encerraré con el oso en la cueva, porque nuestra amistad, ya se ha hecho muy íntima.

La llave

La llave había estado escondida en aquel lugar por años. Nadie conocía su existencia. Era vieja y sobre su metal se había posado un herrumbre grueso, como costra.

Cada tanto alguien abría el cajón, sin imaginar que estaba allí. Pasó el tiempo. Veranos, inviernos y cumpleaños; otoños, primaveras y pascuas; y la llave seguía en el mismo sitio, sin ser descubierta.

Un día, quienes vivían en la casa se mudaron. La familia nueva puso en el compartimiento toallas, sábanas y mantas.  Cada tanto lo abrían para sacar lo que necesitaban o para reponer lo que se había sacado. Vivieron allí durante mucho tiempo.

Cuando se hicieron grandes, los niños se fueron a estudiar a la ciudad y los padres se hicieron abuelos. A menudo, los nietos venían de visita y jugaban horas en la habitación donde estaba la llave. Muchas veces abrieron su recinto, pero no miraron bien.

Ancianos, los dueños murieron y la casa fue puesta en venta. A partir de entonces, un gran cartel colgó de la fachada hasta que un grupo de inversionistas compró la propiedad para demolerla.

Cuando se iniciaron los trabajos, los vecinos, curiosos, se acercaron al perímetro. La grúa y la topadora asechaban la casona como buitres hambrientos. El impacto comenzó por la azotea y continuó hasta el nivel del piso haciendo emanar una densa nube gris, sangre de escombros y hormigón.

Al finalizar, un operario vio algo raro entre los restos: un costado de la llave aún no corroído destellaba chispazos al sol de la tarde.  Se apoderó de ella.

La semana siguiente, cuando remolcaron los últimos desperdicios, el hueco de una escalera quedó al descubierto. Fue entonces que el joven se aventuró y en el final encontró una puerta. Incrustó la llave en el ojo de la cerradura e hizo girar el picaporte.

Al entrar, se agolpó sobre el umbral un enjambre de fantasmas deformes y vetustos, presencias desgajadas y espantosas que cuando vieron la salida se precipitaron hacia afuera como bestias endemoniadas y se perdieron en el aliento húmedo del parque.

D.F.

Banderines rojos y verdes  flameaban de las sogas que cruzaban de lado a lado la plaza. En el centro, el gran árbol. Los tablones se habían dispuesto en una de las calles adyacentes, junto con las sillas para la cena. El grupo de músicos alistaba el escenario y los más chicos aturdían con petardos estruendosos. Adentro, los preparativos para la Nochebuena: fuentes apiñadas en las mesas y los panes que se cocían en los hornos, a pesar del calor sofocante de diciembre.

Maya había esperado ese día: a medianoche el árbol cuidadosamente decorado, se encendería para regalar un espectáculo de brillos  multicolores. La noticia se había desparramado por todo el barrio y se  esperaba más gente de la prevista. Nadie se perdería la Navidad en la plaza.

La velada se había planeado con esfuerzo; el gimnasio fue el lugar de encuentro donde cada vecino llevó una borla, muérdago o  guirnalda. En la soledad de su vejez, Maya se había entusiasmado con el festejo caminando sus cuadras hasta el gimnasio para donar un juego de campanas y las piezas desteñidas de un pesebre.

Diez minutos antes de la medianoche, todos escoltaban el pino gigantesco. Cuenta regresiva! Se escuchó:
Diez, nueve…
Maya, primera entre los espectadores…

Ocho, siete…
se sintió niña…

Seis, cinco…
Se adelantó unos pasos…

Cuatro..

Tres..

Dos…

De repente, como si negras persianas cerraran los ojos de los presentes, el barrio se quedó sin luz. Entonces, resonaron una y otra vez  las misma preguntas: “¡Pero qué pasó!”,” ¿cómo puede ser?”

Meses de organización y ahora todo era desencanto.

Sin embargo, ocurrió algo que todos recordarían: escoltada por un grupo de estrellas asomó la luna; sus brazos, lánguidos y chispeantes, descendieron hasta los pies de Maya y lo inundaron todo, como un cántaro volcado de leche.

D.F.

Las manos del abuelo

El abuelo de Elena todas las semanas la visita, y ella lo espera. De tan viejo, Ramón se hizo petiso y jorobado, además tiene dientes postizos, tres pelos en la cabeza y   un montón de arrugas.

Aunque Elena es muy curiosa y siempre lo mira de arriba a abajo,  hay algo que le llama la atención más que cualquier otra cosa: sus enormes manos. Como dos paletas de ping pong, las manos de Ramón tienen los nudillos gordos y huesudos, tan gordos y huesudos que casi le traspasan la piel. A Elena esto no le importa, porque cuando le hace una caricia, a ella le parece que son dos.

Desde la otra punta de la ciudad, Ramón espera ansioso el domingo para ir a visitarla.

-¡Elena! Mirá quien vino, le grita su mamá desde la puerta  (bien fuerte como para que escuche desde la habitación).

-¿Quién vino?, pregunta, (pero no aguanta) y sola se contesta: -¡El abuelo Ramón!

Al verlo, el corazón se le inquieta y corre a abrazarlo buscando sus manos que están detrás de la cintura, como escondiendo un regalo. Elena le abre los puños a la fuerza y él se ríe.

- Hoy los tengo en el bolsillo, le dice, mostrándole las manos vacías; al momento saca del pantalón la bolsa de caramelos.

Elena sabe que su abuelo está viejo, así que apenas agarra los dulces, le acerca el sillón mullido con almohadón de pluma, para que se siente.

- Abu, después de comer me leés un cuento?

- ¿Qué cuento?

- Ese que me regalaste, el del burro peludo y suave.

- Platero…

-Sí, Platero, sonríe conforme.

Ramón nunca pudo decirle que “no”, la lengua se le frunce empacada cada vez que lo intenta. Así es que al terminar el almuerzo partieron a la Plaza de los Naranjos con libro en mano.

-Ese banco! se apresura a elegir Elena.

-Bueno, ¿dónde habíamos quedado la última vez?

- En la parte del aljibe, contesta, acomodándose.

“Míralo, está lleno de las últimas lluvias, Platero… Tú no has bajado nunca al aljibe… Yo sí, bajé cuando lo vaciaron hace años…”

Elena lo mira leer y se concentra en sus movimientos, en su boca que parece de goma, en sus cejas que se arquean y también en el sonido de su voz que le hace imaginar el aljibe y el agua fresca que habrá bebido Platero. Al instante ya piensa en otra cosa.

“Es viejo mi abuelo, ¿habrá sido chico como yo alguna vez?”, se pregunta. “Su pelo, que es blanco y poco, ¿habrá sido negro y mucho? Qué raras son sus manos”,  se extraña mientras se mira las suyas y compara, “y qué grandes”, se sorprende. Ramón sigue leyendo, aunque sabe que Elena está en la estratósfera.

“¿Habrá tenido la piel lisa, sin arrugas ni pecas?”. En eso un pelotazo la saca de sus pensamientos. Sus vecinos  jugaban al fútbol más allá, en la canchita. Ramón interrumpe la lectura y presumiendo de su pasado de jugador devuelve el balón de un puntazo.

- Bueno Elena, me parece que estás en cualquier cosa, mejor nos volvemos…

Ella refunfuña, pero sabe que está cansado y le hace caso.

Hacia el oeste el sol se afloja, parece que pende de un hilito que ya se corta.

-¿Qué tienen mis manos que las mirabas tanto?

- No, nada, (se pone colorada). Ramón sonríe y le revuelve el pelo con un mimo gigantesco. Ella suelta una carcajada y piensa en lo grandes y tibias que se sienten las manos del abuelo.

D.F.

 Fue al oír el trueno: me asomé a la ventana y vi una cabalgata de horror. Esqueletos fosforescentes, galopaban sobres potros blancos que parecían indómitos y en sus violentas corcovas intentaban desprenderse de tan diabólicos jinetes, que después de las sacudidas de esos animales tan extraños con cabezas de ciervos, caían al suelo y se desarmaban. Veía que las manos huían desesperadas arrastrando en su carrera los radios y húmeros que levantaban una tierra brillante que se me pegaba en el rostro y hacía arder la piel. Por otro lado, los pies con tibias y fémures trataban de escaparse de ese horror y las columnas vertebrales unidas a las pelvis reptaban tratando de fugar del espanto. Mientras los cráneos rodaban desorientados acumulándose al pie del cerro. un arroyuelo verde serpenteaba, entre aguas turbias bordeado por árboles secos de color violeta. Inmerso en ese extraño aquelarre quería huir, pero las piernas no respondían a mis deseos. Me sentía atraído por una fuerza irresistible a ese escenario dantesco y horroroso quedando inmovilizado ante toda pretensión de escape. En determinado momento, percibí que me oprimían con vigor el pecho tanto que era imposible respirar. Trataba de liberarme pero mis manos estaban inmóviles. De pronto sentí un fuerte golpe en la frente y que algo me apretaba el ojo derecho intentando reventarlo. Di un manotón y recobre el dominio de mi cuerpo. Al abrir los ojos, me encontré tirado en el suelo al lado de la cama, con un corte en la frente de donde manaba abundante sangre. Luego, arrastrándome por el piso logré liberarme del borde del zapato que estaba incrustado en el ojo. Al incorporarme, descubrí que en el pecho, tenía abrazada una botella del Ponche Capitán de la Bastilla, que tan ingeniosamente publicitó la destilería y no pude resistir de comprarlo en mi último paso por el supermercado. El próximo viernes, cuando tenga la reunión de alcohólicos anónimos, con seguridad compartiré con ellos esta extraña experiencia. Enfermedad que tuvo consecuencias tan trágicas como fue perder la casa y el taxi, sumiendo a mi familia en la desesperación de vivir todos en una pieza, en el inquilinato de barrio observatorio. He jurado no beber más y tratar de recuperar lo perdido. Sólo Dios dará respuesta a mis anhelos, espero que así sea. r lo perdido. Sólo Dios dará respuesta a mis anhelos, espero que así sea.

EL LEÓN HERBÍVORO Cuenta la leyenda, a pesar de lo que digan, la historia de un rey de la selva digna de ser contada… Mi régimen alimenticio era diferente al de los otros leones, porque lo único que comía eran raíces y frutas silvestres, pues desde cachorro mi madre me enseñó a conmoverse con las flores y gozar con el color de la fruta, entonces yo, fiera salvaje, de porte imponente, me desayunaba con flores amarillas y azules, almorzaba rojas ciruelas y carnosos melones; pero quiso el destino que fuera capturado y llevado a un zoológico donde los cuidadores desconocían mis gustos alimenticios. Rechazaba la comida de mis compañeros de jaula, , hasta que la falta de alimentación debilitó todas mis fuerzas. Entonces el veterinario mandó a los encargados de vigilarme, que me pusieran inyecciones de calcio para mejorar mi ánimo. Y seguí sin reponerse. Cierto día, una nena se acercó demasiado a la jaula con un hermoso ramo de flores, que arrebaté y engullí con avidez, El cuidador buscando quedar bien con las personas que allí se encontraban ingresó a la jaula con intención de castigarme y de un zarpazo como buen rey de la selva me lo comí. Desde ese día ,solo quise alimentarme con carne de humanos. A partir de entonces, la gran atracción del zoológico, era yo, engullendo ramos de margaritas y gladiolos, así como suculentas porciones de sandías y apetitosos melones. Hasta que una tarde decidieron devolverme a la selva, porque en un descuido de mis carceleros, engullí nuevamente un cuidador. Hoy, estoy nuevamente en la selva, lugar del que nunca debí salir. Bajo los cuidados y mimos de mi madre con hermosas flores y apetitosas frutas.-

todo al aire

TODO AL AIRE

Desde el globo, se veía la ciudad  que gozábamos en  el esplendor del verano. El paisaje  se nos ofrecía  majestuoso, con el lago en toda su extensión enmarcado por las sierras. Hasta la torre del complejo El Pato, una de las estafas al banco de Córdoba mejor pergeñadas me parecía imponente. Habíamos contratado el viaje con un matrimonio de jubilados  a los que se  acopló una pulposa turista francesa que subió para practicar con nosotros su castellano. Yo, que llevaba los prismáticos, comentaba con mis compañeros los distintos puntos que se podía observar con ellos .

En determinado momento, la turista francesa se apoyó  en la barquilla y al retirarse asustada, por sentir una astilla sobre el pecho, dejó enganchada la blusa, y su dotada anatomía  fue acariciada por el suave viento que arrastraba el globo, mientras con desesperados ademanes trataba de cubrirse con un pañuelito que tenía en el cuello.

 Al acercarme a  la baranda para que no se sintiera molesta,  dado al reducido espacio del lugar, me apoyé sobre el borde y la hebilla a presión de mi cinturón se aflojó. El vaquero de corderoy cayó arrastrando en su viaje a los tobillos, los calzoncillos que tenían flojo el elástico y dejaron mis nalgas completamente a merced de la brisa en las alturas. La pareja de jubilados no podía creer el espectáculo del que eran partícipes, y abrazándose desviaron su mirada a las estribaciones de las sierras grandes. El momento mas trágico fue cuando con los prismáticos en una mano trataba de levantarme los vaqueros con la otra. 

El conductor del globo cerró el gas, e inmediatamente comenzamos a descender en la costanera de Carlos Paz. Luego se comunicó con los de la pista, para que nos fueran a buscar al puente.

Después que la turista francesa emitiera profundos suspiros guturales acomodándose la blusa, y yo pusiera mis prendas en el lugar debido, descendimos de la barquilla para dirigirnos  a la camioneta que nos regresaría al hotel.

Los cuatro, compartimos la mesa del almuerzo. Con el ánimo más distendido, dirigiéndome a los jubilados, humildemente les pedí perdón por los momentos vividos, a causa de a mi torpe descuido. La señora, mirándome con ternura, me dijo: Me pareció tan insólito por lo que soy yo quien le debo pedir perdón, ya que no atiné a ayudarlo con los prismáticos en esos momentos tan difíciles.

La turista francesa me miró  extrañada, diciendo en perfecto castellano: la verdad es que debido al percance que tenía con la blusa, no me di cuenta de su problema con los prismáticos y levantando su copa propuso un brindis por los maravillosos paisajes que habíamos contemplado.-

Sobre un cuento de Julio Cortazar

Llegó a través del estrecho edificio a un sótano oscuro. Allí encontró una colonia de seres en miniatura. Y dirigiéndose al que parecía mas activo, le preguntó

-Quienes son Uds. y que hacen en este lugar.

El interpelado respondió

-Somos los encargados de que en esta propiedad, todo funcione a la perfección.

-Estamos desde siempre, solucionando los problemas que se presentan.

-Por ejemplo, aquel que lleva escafandra, es el responsables que los caños no se obstruyan y los líquidos circulen sin problema.

-El que lleva la capucha y el traje de amianto, atiende la calefacción.

Y asi le fue nombrando cada uno de sus compañeros y sus funciones.

añadiendo luego a manera de comentario.

-Uno de los habitantes de este edificio Alas,  que fuera el mas Alto de la Capital, es un renombrado ex ministro  de la nación, quien en tiempos de gran influencia, pretendió reemplazarnos por unas máquinas japonesas, que nos dejarían en la calle. Menos mal que ya no molesta más con sus estúpidas ideas.

-Yo, como responsable, todos los meses debo rendir cuentas al administrador del complejo.

Después de escuchar estas cosas el intruso inquirió.

-¿En todos los edificios pasa lo mismo?.

Recibiendo por toda respuesta.

-Así lo ha dispuesto el Supremo.

-¿El supremo de quién?

-El supremo de todos, o acaso no vives en esta ciudad, curioso falto de fe.

El visitante se retiró cabizbajo del sótano, con la seguridad de que al leer a sus nietos  el cuento de Blanca Nieves, lo haría con mas ternura que  ahora.

El sindicato de porteros, pretendió afiliar  a esos extraños seres, pero nunca lo logró.

El rancho de los Condorí, estaba muy metido cerro adentro”.Pero necesitaba unas vacaciones plenas de tranquilidad

Cuando me faltaron vituallas, decidí bajar el pueblo. Y al atravesar el bosque,  había una casita blanca, oculta entre los molles. Ese día,  para mi sorpresa, me encontré con ella. En realidad no  podía creer que realmente existiera esa belleza  enclavada en medio de la serranía. Tímidamente golpee a su puerta y  una hermosa doncella me recibió afectuosamente y con picardía   me dijo: “siempre estuve esperando que un caballero viniera a rescatarme, ya no soporto más  esta soledad”y me hizo entrar a su casa. Ya en el interior luego de convidarme con un exquisito  y aromático café, comenzó a contarme, que quedó sola cuando murió su padre y le dejó una herencia.

Que ella por haber vivido siempre  en el bosque no sabía como administrar. Su padre, había sacado el quiniseis y cobrado dos millones de pesos que  transformó en dólares, los que sumados a los trescientos mil dólares en que había vendido los campos en Junin  Pcia. De Buenos Aires, era un suficiente capital que salvó del corralito, pero  ahora no sabía como administrar ese dinero, que se encontraba depositado en una caja de seguridad bancaria.

Luego me preguntó por mis actividades. Le dije que era el contador a cargo del departamento inversiones de un banco. Me preguntó si me podía hacer cargo de su capital y manejarlo. Cuando caí en la cuenta de lo que estaba pasando, no podía creer que mi sueño se hubiera transformado en realidad y con tanto dinero además.

Sonó el teléfono y   me desperté sobresaltado,  era el Gerente del  Banco Nación, que me daba cinco minutos para presentarme en su oficina o estaba  suspendido por treinta días, ya que había dejado en manos de nadie la sección financiera.

Desde ese día he perdido mi interés por el dinero, a fin de mes cuando cobro,  llevo una parte importante al Cotolengo Don Orione que seguro le darán mejor destino que yo, cenando fiambre solo en mi departamento. Que me produce esas pesadillas infernales con hermosas mujeres y dinero para invertir.

Creo que mi soledad y soltería están empezando a perjudicarme.  Hay días en que quisiera volver a ser niño, y tomar el café con leche, pan, manteca y dulce de leche, con el que me recibía mi madre al regresar de la escuela, para luego cambiarme los zapatos e ir a jugar a la canchita del baldío que teníamos al lado de casa. Uno de estos días me parece que volveré a comer mucho fiambre de noche para soñar con aquella  canchita, y  los partidos con el cabezón Jiménez, el gordo Luque el flaco  Jiménez y todos los chicos de la barrita de la cuadra.

Después de todo la vida ¿ no es acaso un sueño, que a veces parece sin sentido?.

 

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